- Yoné García Jiménez, agricultor y anfitrión de la finca La Mareta, habla desde El Valle de Agaete de arraigo, turismo rural y del oficio de cuidar lo nuestro.

Estamos sentados en La Mareta, una finca donde la agricultura tradicional y el turismo lento se abrazan. Rodeados de naranjeros, aguacateros, mangos y otra cantidad de árboles frutales cuyo olor es envolvente, nos disponemos a charlar, sin prisas, en una tarde limpia de septiembre.
Yoné García Jiménez, de 33 años, pone rostro al relevo generacional que el heroico oficio de la agricultura necesita. Cultiva la tierra, pero también abre sus puertas a los visitantes para que comprendan el territorio desde una mirada distinta, defendiendo siempre la calidad sobre la cantidad. Con él hablamos de vocación, de la gestión del agua y de por qué quedarse en El Valle es sinónimo de entrega total a la tierra.
El Valle de Agaete, entre la tierra que se trabaja y la que se abandona
El Valle de Agaete, es un encantador núcleo del noroeste de Gran Canaria, que se halla a los pies de los riscos del Parque Natural de Tamadaba. Datos oficiales registran poco más de 900 habitantes, cifra que ha ido en descenso en las últimas décadas. Una franja fértil de vegetación se abre paso entre el paisaje, con frutales y, por supuesto, ese café de Agaete casi único en Europa, de producción pequeña y gran reputación. Durante generaciones, esa tierra ha sostenido economías familiares, oficios y una manera de entender la vida ligada a los ciclos de la siembra y la cosecha.
El Valle no estuvo exento del éxodo rural que marcó a toda la isla y guarda las huellas de ese proceso migratorio interno. Cuando una parte de la población se marchó sobre todo al sur de la isla, en busca de trabajo en la construcción y en el turismo, en muchos hogares se rompió el relevo del campo. Ese vacío es notable y se lee en el paisaje, en los bancales abandonados, en tierras que fueron productivas y que esperan unas manos que las vuelvan a atender. En la actualidad, la agricultura es casi testimonial. Ha tenido que reinventarse, aliándose con el turismo para hacer de ésta una actividad económicamente viable.
Yoné trabaja en la finca La Mareta, un espacio que alquila y donde combina el cultivo de frutales con la gestión de un pequeño complejo de turismo rural. Él es parte de esa generación emergente que vuelve a mirar la tierra con optimismo, abriéndose a la incorporación de la tecnología sin renunciar a los procesos tradicionales. Su abuelos, sus tíos, su padre y su madre le heredaron algo más que una afición. Le dejaron un oficio. Un oficio que para él es también una forma de conservar el paisaje, de reducir el riesgo de incendios y de mantener viva una identidad.

—Yoné, cuéntanos un poco sobre La Mareta.
—La finca La Mareta combina turismo rural y agricultura, es decir agroturismo. Yo me he dedicado a la agricultura de pequeño, con las raíces de mis abuelos, de mis tíos, de mi padre, de mi madre, de mis hermanos. Hace unos seis o siete años cogí esta finca y empecé a trabajar con las viviendas vacacionales.
—¿Cómo repartes el tiempo para dedicarte a ambas cosas?
—Siempre el tiempo es poco; siempre se quedan cosas sin hacer. Pero tengo la suerte de que todo está unido. Es verdad que le pongo más atención a la parte turística, vigilo que todo esté bien dentro de las casas, y luego me paso a la finca e intento tenerla siempre lo mejor posible y atendida. Porque soy yo solo, y la finca es grande, y las viviendas también.
—¿Qué le pasa por la cabeza a un joven de tu edad para decidir: “quiero dedicarme a esto”? ¿Lo pensaste o ya venía de casa?
—Creo que fue con lo que me crié, con lo que me gusta. Estoy en la profesión que quiero, y no todo el mundo puede decir eso. Hay gente que termina unos estudios y no puede trabajar de lo que estudió. Yo tengo la suerte de estar donde quiero y de trabajar en lo que quiero.
—¿Nunca te planteaste irte a otro sitio?
—No. Hablando de El Valle, creo que pasó una generación, en la época de mi padre, y se dejó un vacío. La gente se fue buscando algo mejor, muchos al sur, a la construcción y al turismo. Creo que ahí se rompió una parte de la raíz agrícola del Valle. Buscaban una salida en aquel entonces, pero aquella separación tiene consecuencias hoy: hay muchas tierras abandonadas aquí y se perdió mucho el arraigo de la agricultura.
—¿Hay otros jóvenes como tú que estén apostando por el campo en la zona?
—Sí. Hay jóvenes dedicándose a la agricultura y creo que cada vez son algo más. Por suerte.
—Hablemos de la parte turística. ¿Cómo es el visitante de La Mareta?
—En verano viene más turismo local; el extranjero llega sobre todo en invierno, de octubre a marzo más o menos. Son turistas que valoran el espacio y el sitio donde están, lo cuidan y lo respetan, tanto el local como el extranjero. Vienen bastantes ingleses, franceses y alemanes.
—¿Qué es lo que más les llama la atención cuando llegan?
—Muchos del turismo extranjero vienen de la ciudad, sobre todo las familias con niños. Hay quien no ha visto un naranjero en su vida, ni un aguacatero, ni un árbol de mango, y se quedan asombrados. Que bajen los niños a la finca y se pongan a jugar, eso uno lo agradece.
—¿La visita a la finca forma parte del negocio de la casa rural?
—No, eso ya es parte mía. Lo hago porque me nace. Cuando vienen les enseño la finca, les digo que pueden coger fruta, les ofrezco… Me involucro un poco para que ellos también se involucren en nuestras raíces y vean lo que hacemos aquí, que es importante.
—¿Esa parte te cuesta mucho?
—No, es fácil. No sé cómo será en otros sitios, pero con el turista que viene aquí es muy fácil trabajar. Respetan todo, hasta ahora no he tenido ningún problema con nadie, cuidan todo y siempre piden permiso.
—Llevas alrededor de siete años en el turismo rural. ¿Qué balance haces?
—Es un negocio rentable, y combinado con la agricultura tiene que serlo más; tienes dos formas de ingresos. Y el turismo siempre está ahí, no suele fallar. Siempre solemos tener gente, que venga a ver lo nuestro, a conocerlo, y que lo respete.
—¿Te preocupa que este modelo acabe masificándose también?
—Esta zona no creo que llegue a masificarse. Es un sitio pequeñito, aquí no se puede ni seguir fabricando más. Y el turismo que está llegando no es un turismo malo, respeta las cosas. En un barrio pequeño como El Valle, le viene bien a los negocios que hay. Creo que es más beneficioso que lo contrario. Además, ahora hay más conciencia y las normativas han cambiado; el tema de las viviendas vacacionales ya no es tan fácil como antes.
—¿Y cómo apoya la comunidad local a un proyecto como el tuyo?
—Pues consumiendo, comprando mis productos. Que la gente de aquí me compre ya es una ayuda muy grande.
—¿La mayor parte de lo que cosechas se queda en el valle?
—Sí, suelo vender en Agaete y en El Valle; mucha de mi fruta se queda por aquí. Por ese lado tengo suerte y estoy agradecido. Y eso también es ecología. El kilómetro cero, que tu producto no tenga que caminar tanto para venderse. Si se vende cerca, mejor para el consumidor y mejor para el dueño.
—Hablemos de un recurso decisivo en Canarias: el agua. ¿Cómo la gestionas en La Mareta?
—El agua de esta finca es de lluvia y viene de arriba, de la presa. Ahora se ha automatizado todo el riego, porque el agua en Canarias es escasa. Aunque llueva bien en invierno, siempre es poca. Se ha puesto todo por goteo para aprovecharla y no desperdiciar. La finca tiene un embalse grande, pero eso no quiere decir que se pueda despilfarrar; ni en Canarias ni en ningún sitio. Siempre se puede aprovechar mejor, aunque tengas.
—¿Qué diferencia ves entre este turismo rural, más lento y tranquilo, y el turismo masivo?
—Con este turismo gozo. Estoy trabajando y muchas veces ellos bajan, se ponen a hablar conmigo; hay quienes se ponen incluso a hacer algo conmigo por ahí, y se agradece. Estoy contento. El turismo del sur no viene a mirar por lo nuestro ni a respetar lo nuestro; no todos, claro, pero esa es mi opinión. Este es mejor para la zona porque no daña el entorno. Al final se trata de eso; vienes a trabajar, estás a gusto con los clientes y el cliente está a gusto contigo.
—¿Cuáles son las principales trabas para un joven agricultor que quiere emprender aquí?
—Mucha burocracia. Si trabajas y pones empeño, el negocio va bien y las cosas salen, pero las trabas que te ponen a veces pesan más que todo lo demás. A mí me cansa más el papeleo y la normativa que el trabajo en sí. Por trabajar no me canso, porque estoy en lo que me gusta. A quien le guste y quiera, puede dedicarse a esto. Si no te gusta, no le ves el sentido, dices “¿qué hago aquí?”. Pero si te gusta, sí se sale.
—¿Y cuál es tu mayor satisfacción?
—Para mí es mi vida. No me vería fuera de las tierras. La agricultura es mi profesión y la elegí por vocación, porque desde chico he estado ligado a ella por mis abuelos, por parte de madre y de padre, por mis tíos, por mi madre. Es mi forma de vida, no tengo otra explicación. He tenido otros trabajos, siempre relacionados con la agricultura, pero terminaba la jornada y llegaba a mi finca y seguía plantando. Es lo que me llena.
—Suena a que te consideras afortunado.
—Sí. Me considero afortunado de trabajar en lo que me gusta y de que forme parte de mi vida.
—Para terminar, ¿te gustaría dejar un mensaje?
—Que todos, tanto el turista como el local, miráramos más por lo nuestro, por nuestras raíces, por de dónde venimos y a dónde queremos ir. Sabiendo qué fallos se cometieron en el pasado para no volver a cometerlos, y siguiendo con lo bueno que se hizo. Hay que cuidar lo nuestro y respetarlo, tanto el que viene de fuera como el que está dentro. Porque muchas veces nos fijamos en que el turista no cuida, pero también muchos locales tampoco miran por lo nuestro.
